Muchas gracias queridos amigos por la compañía y lectura de mi post, los días han pasado muy rápido, nuevamente hemos llegado al día sábado, día en el que mi blog se torna místico y tenebroso, para quienes disfrutan de las películas de terror, es momento de una pausa y disfrutar una lectura, hechos naturales o sobrenaturales de la vida, tenebrosas leyendas que nos contaron nuestros padres. Te invito a disfrutar de una leyenda urbana como lo hacíamos en nuestra niñez.

 

La tierra sin mal a lo largo de la historia albergo diferentes culturas, creyentes y supersticiosos de las cosas paranormales y del más allá, según sus creencias entre la tierra y el infierno existe un portal, por donde asiduamente hay entidades que regresan a sus hogares o lugares de orígenes.

 

Bienvenidos queridos amigos a otro sábado de suspenso, los correntinos somos muy supersticiosos, desde niños fuimos inculcados a creer y respetar las cosas paranormales, la tierra sin mal alberga miles de historias de hechos que han sido presenciados.

 

Desde que tengo uso de razón, vivir en mi país siempre fue un gran desafío, la historia habla de la mala administración de los gobiernos y las crisis económicas que estos causaron, aquellas que tuvimos que soportar los habitantes.

 

La ciudad de Corrientes siempre se caracterizó por ser la de menor recurso económico del país, el costo de vida es muy alto y los salarios tienen el promedio más bajo Argentina, esta combinación, hace que las personas tengan que buscar alternativas para abaratar sus costos de vida.

Una manera que encontraron las personas para contribuir en la economía hogareña, fue la de sembrar sus propios alimentos, el suelo correntino es muy fértil lo que hace ideal ¡Cualquier semillas que plantes da frutos!

Fuente: pixabay

 

La fauna silvestre fue una opción a la hora de agregar proteínas al organismo, la tierra sin mal alberga ciento de especies que son comestibles, el correntino es consiente a la hora de utilizar este recurso, toma lo necesario de la naturaleza para poder vivir.

 

La historia de hoy, narro en primera persona el tío Juan, algo que le sucedió en su adolescencia y lo atribuyo a su incesante y desmedida manera de cazar.

 

Todo sucedió hace mucho tiempo, en un paraje llamado El sombrero, un lugar inhóspito, rodeado de densa espesuras, escasas taperas en cientos de kilómetros a la redonda, un lugar donde abunda la miseria y escaseas las necesidades básicas.

El tío juan era el mayor de muchos hermanos, vivían en una pequeña casita de adobe y paja, su padre, un cuidador de una arrocera vecina que trabajaba por escasas monedas, su mama estaba al cuidado del hogar y una huerta de hortalizas.

Fuente: Pixabay

 

Desde niño, el tío tuvo que aprender a cazar para llevar algo de proteína a la mesa, comenzó con lo que se llama cacería liviana, consiste en cazar animales con ondas y trampas caseras, como el arquito y la cimbra.

 

Este método no falla a la hora de cazar perdiz, palomas y algún roedor como el apereá. Estas presas eran más que suficiente mientras sus hermanos eran pequeños, a medida que fueron creciendo, tuvo que recurrir a otros métodos de caza.

 

El tío Juan sabía que algo tenía que hacer para mejorar su método de cacería,

una mañana su padre comento en la mesa, la existencia de un trabajo temporal que ofrecía la arrocera, no dudo un solo segundo en trabajar en la recolección anual del arroz, el trabajo no duro mucho tiempo, con el dinero ahorrado pudo comprar una escopeta de dos caños, calibre 20.

Fuente: Pixabay

 

El tío debía salir a cazar para que su madre cocinara para sus hermanos, con el tiempo y práctica se volvió un gran cazador, cazaba todo lo que se cruzara en su camino, en la zona abundaban las liebres, el ciervo, el tatú y la gallina del monte.

 

A medida que fue creciendo, visitaba otros lugares, así fue como descubrió una pequeña isla donde habitaban los carpinchos o capibara, el carpincho es un roedor gigante, dueño de una carne muy sabrosa, tan sabrosa que no se compara con nada, incluso con la carne del cerdo.

 

Cada mañana se hacía presente en el lugar y tomaba desprevenido a algún carpincho que aprovechaba el calor del sol tirado a la vera del riachuelo, sus visitas se hicieron más frecuentes, esto no pasó inadvertido por su padre.

 

Una mañana mientras desayunaban, su padre comento que toda la naturaleza tenía su dueño y había que agradecer a él por permitir tomarlo, inclusos los carpinchos poseían un señor que cuidaba de ellos y se les presentaba  a aquellos que abuzaran de su cacería.

 

Como era de esperar, un adolescente no podía creer en estas habladurías, el tío continuo con la cacería desmedida del carpincho, al ver que el tío no entendía la situación, su papa volvió hablar con él, advirtiendo que su encuentro con el dueño del carpincho no sería nada agradable, él lo había vivido en carne propias hace muchos años, era la razón para que nunca saliera al monte a cazar animales.

 

Estas palabras entraron por un oído y salieron por el otro, Juan conocía algunas leyendas de los dueños del monte, era solo eso ¡Viejas leyendas para persuadir a los cazadores! El tío estaba convencido de que estas cosas no existían, por eso aposto aún más, comenzó a cazar tantos carpinchos como pudiera para vender su carne.

En una oportunidad, un amigo comento que los carpinchos por las noches se refugiaban de los cazadores en la isla, una pequeña montaña de tierra cubierta de arbustos que no superaban los trecientos metros a la redonda, un lugar ideal para cazar grandes cantidades de animales.

Fuente: pixabay

Este amigo en común hizo ver que con grandes cantidades se podrían llegar a vender hasta los cueros del carpincho, algo muy buscando en el negocio de la peletería. Se tomaron un tiempo para organizar la cacería nocturna, debían esperar la llegada de la primavera, las noche en esta estación era más iluminadas y cálidas.

 

Finalmente el día de la cacería llego, también lo hizo a oídos de su padre, quien se opuso totalmente a esta locura, sin embargo el tío estaba decidido a realizar la proeza. La noche llego y con él los rayos de la luna que iluminaban como si fuera de día, ideal para poder ver de lejos a sus presas.

 

Cruzaron sigilosamente el brazo del rio Paraná, el embalsado y los camalotes soportaban sus pesos, al llegar a tierra, se quedaron acostado en el suelo para no ser visto por los carpinchos

ingresaron del lado contrario al viento para que los animales no percibieran sus aromas, ambos cazadores fijaron sus presas, los animales más robustos fueron el objetivo, después de sonar el primer disparo los animales se dispersaron, algunos tomaron la maleza del campo, otros ganaron los camalotes dentro del rio.

Fuente:Pixabay

Con sus linternas el tío Juan y su amigo alumbraban los rastros de sangre que dejaban los animales heridos, a lo lejos, el tío vio su objetivo, pudo reconocer el carpincho que hirió de un tiro certero, el animal caminaba agonizante en dirección a los juncos, mientras que el animal del otro cazador se echaba en el agua.

 

El tío muy decidido siguió a su presa, alejándose de la compañía de su amigo, al llegar al lugar, solo había un gran chaco de sangre y rastros que se internaban en el bosque. ¡Algo no estaba bien! Como llegaría un animal tan lejos después de haber perdido tan sangre, ahora ya no estaba tan seguro de querer seguir al animal. Por un segundo pensó en la recomendación de su padre.

 

Pero no había llegado tan lejos para pensar en antiguas leyendas, se armó de valor y siguió los rastros que dejaba el animal herido, la sangre cada vez se internaba más en el bosque, el camino a medida que avanzaba se hacía más estrecho, las copas de los arboles oscurecían el lugar, la luz de la linterna ya no era suficiente, su corazón latía tan fuerte como podía, parecía que saldría volando por su boca, en un momento ve al animal caído en el suelo cerca de una gran roca, lentamente camino hasta ella, cuando dejo su escopeta para tomar el animal, la gran roca tomo vida, no podía creer lo que estaba sucediendo

Una criatura siniestra emergía de la entraña de la roca, su cara diabólica poseía grandes cuernos, de sus ojos parecían salir fuego, sus brazos soportaba grandes pesuñas y de su cintura para abajo era el cuerpo de una animal. El tío se quedó inmóvil por algunos segundos, su mente sabía que debía salir huyendo del lugar, sin embargo su cuerpo era inmune a su intención de correr, la criatura hablo en defensa de los animales silvestres, la caza desmedida devastaría con el ecosistema y solo por esta vez y ¡Ultima ves! Permitiría que se vaya. No importa que esté haciendo, la próxima vez que lo vea en el bosque, no saldría con vida de ella.

Fuente: Pixabay

Al escuchar estas últimas palabras, tomo dominio de su cuerpo y salió corriendo del monte, curiosamente se encontró con su amigo que salía tan veloz de la isla como podía, el joven afirmaba haber tenido un encuentro con el dueño de los carpinchos, algo muy similar a lo que vivo el tío Juan.

 

Llego tan asustado que no pudo ocultar lo sucedido a su padre, escucho pacientemente el relato de su hijo, lejos de reprimirlo o decir ¡Te lo dije! Acerco ropa limpia para que se cambiara y se metiera en la cama. Solo dijo ¡Tranquilo, mañana será otro día!

 

El tío nunca más volvió a cazar, al poco tiempo se mudaron del paraje el sombrero, su padre consiguió trabajo en la capital correntina.

 

Esta es otra historia que alberga la tierra sin mal, algo que vivo el tio en su niñez, nadie puede certificar que estas historias sean ciertas, como dice mi madre. Que las hay las hay.

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